La pregunta que todos evitamos hacernos

¿Cuántas de las decisiones que tomamos hoy fueron realmente nuestras? ¿Cuántas fueron el resultado de hábitos heredados, expectativas sociales, miedos no reconocidos o simplemente el piloto automático de la costumbre?

La libertad es quizás el concepto más celebrado y menos comprendido de la existencia humana. La proclamamos como un derecho, la cantamos en himnos, la tatuamos en la piel. Pero pocas veces nos detenemos a examinar si, en el tejido de nuestra vida diaria, realmente la ejercemos.

Dos visiones de la libertad que conviven en nosotros

La libertad «de»: liberarse de algo

Esta es la forma más intuitiva de entender la libertad: estar libre de algo que nos oprime. Libre de una relación tóxica, de una deuda, de una enfermedad, de una obligación. Es la libertad como ausencia de cadenas.

La libertad «para»: elegir hacia algo

Pero el filósofo Erich Fromm advirtió que liberarse de algo no es suficiente. La verdadera madurez humana implica la libertad para: para crear, para comprometerse, para amar, para construir significado. Sin este «para», la libertad puede volverse vacía o incluso angustiante.

Fromm llamó a este fenómeno el miedo a la libertad: cuando la ausencia de estructuras externas nos deja tan desorientados que buscamos nuevas cadenas voluntariamente, sean la conformidad social, el consumo o la sumisión a figuras de autoridad.

El existencialismo y la responsabilidad radical

Jean-Paul Sartre sostenía que estamos «condenados a ser libres». Incluso la inacción es una elección. No elegir también es elegir. Esta idea, aunque incómoda, tiene un poder transformador enorme: si somos responsables de nuestras elecciones, también somos autores de nuestra vida.

Esto no ignora las condiciones materiales o sociales que limitan las posibilidades reales de muchas personas. Pero dentro del espacio que tenemos —por pequeño que sea— siempre existe algún margen de elección.

La libertad en lo cotidiano: tres preguntas para reflexionar

  • ¿Estás en el trabajo que tienes porque lo elegiste, o porque nunca te detuviste a cuestionar si era lo que querías?
  • ¿Las opiniones que defiendes son realmente tuyas, o son las opiniones del entorno en que creciste?
  • ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo simplemente porque querías, sin justificarlo ante nadie?

La paradoja de la libertad y el compromiso

Hay una creencia popular que confunde libertad con ausencia de compromisos. Pero comprometerse profundamente con algo —una persona, un proyecto, un valor— no nos hace menos libres. Nos hace más íntegros. La libertad sin dirección es solo ruido.

Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto y fundador de la logoterapia, escribió que incluso en las condiciones más extremas de privación, existe una última libertad que nadie puede arrebatarnos: la actitud que tomamos ante lo que nos sucede.

Una invitación a vivir más deliberadamente

No se trata de cuestionar absolutamente todo de forma paralizante. Se trata de recuperar la autoría sobre la propia vida, de vez en cuando, en las decisiones pequeñas y en las grandes. Preguntarse: ¿esto lo elijo yo, o simplemente ocurre?

Esa pregunta, repetida con honestidad, es el comienzo de vivir de forma genuinamente libre.